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sábado, 7 de marzo de 2026
LAS POLEMICAS ACCIONES DE MARIO DELGADO 7
4. El Nido del Tordo
Un día encontraron un nido de tordos caído junto al sendero. Dentro, tres huevos diminutos, intactos pero huérfanos. Yatziri quiso llevárselos a casa para salvarlos, pero Akin se arrodilló junto a ella. Con una paciencia infinita, le mostró cómo construir un pequeño nido de reemplazo con heno y musgo, y lo ataron a una rama baja, cerca del lugar original.
Durante semanas, lo revisaron juntos desde lejos. Akin le explicó que a veces, amar también es aprender a no intervenir del todo, a dar una segunda oportunidad desde la distancia justa. Cuando los polluelos finalmente volaron, Yatziri sintió una alegría mezclada con una ternura profunda hacia ese hombre que le enseñaba a cuidar la vida sin poseerla.
5. El Baile de los Tambores
Era la fiesta del pueblo. Al anochecer, alguien puso música de son jarocho. Yatziri, tímida, miraba desde una banca. Akin, que siempre observaba más de lo que hablaba, se acercó y le ofreció la mano. "En mi tierra se baila para agradecer a la tierra", le dijo. "Aquí se zapatea, pero es lo mismo: es la alegría del cuerpo."
Nunca lo había visto bailar. Sus movimientos eran una fusión extraña y hermosa: sus pies marcaban el compás del son, pero sus brazos y hombros tenían la soltura de las danzas de su Benín. Yatziri se sintió torpe al principio, pero él la sostuvo con una mano firme en la espalda, sin invadir, solo guiando. Rieron cuando ella perdió el paso. No fue un baile romántico, fue un baile de complicidad, de dos mundos encontrándose bajo las estrellas de Veracruz.yU7bpNOq--M
EN LOS TIEMPOS DE ANTES
Mi abuela siempre me contaba que en los tiempos de antes, las mujeres del pueblo iban al río a lavar la ropa. Eran otros tiempos, y no había máquinas ni lujos como los de ahora. El río era el corazón del pueblo; ahí se compartían historias, se reía y, a veces, se lloraba en silencio.
Una tarde, como cualquier otra, dos comadres, Carmela y Lupita, bajaron al río para hacer su faena diaria. La corriente era suave, y el sol empezaba a esconderse detrás de los cerros, pintando el cielo de un naranja tenue. Ambas mujeres se conocían de toda la vida, y aunque sus risas y charlas llenaban el ambiente, siempre había un dejo de melancolía en sus ojos. Decían que Carmela había perdido a su esposo en circunstancias misteriosas y Lupita, su hijo, en ese mismo río años atrás. Esa tarde, mientras lavaban sus trapos, Carmela rompió el silencio con un susurro: —Lupita, ¿has sentido alguna vez que este río guarda más que agua? Lupita la miró, confundida, pero no respondió. Las dos sabían que el río no solo traía vida, sino también secretos. Y ese era uno que ambas compartían sin decirlo. La charla siguió, pero conforme el sol se iba, la risa se apagaba. El aire se volvió frío, y de repente, el murmullo del río cambió. Ya no parecía solo agua corriendo. Parecía que entre las piedras y la corriente, alguien susurraba. —¿Lo oyes? —preguntó Lupita, con la voz temblorosa. Carmela asintió, nerviosa, pero no dijo nada. Entonces, ambas mujeres vieron algo que las dejó heladas. Un bulto oscuro, que flotaba río abajo, se acercaba lentamente. Parecía una figura humana, moviéndose con la corriente. Al principio pensaron que era un tronco o algún animal muerto. Pero a medida que se acercaba, el horror se apoderó de ellas. Era el cuerpo de una mujer. Los ojos abiertos, fijos en ellas, el cabello enmarañado flotando alrededor de su rostro pálido. Las comadres intentaron alejarse, pero estaban paralizadas. El río parecía haberse vuelto más profundo, como si las llamara, arrastrándolas hacia su oscuro secreto. La corriente comenzó a girar alrededor de sus piernas, y sintieron cómo algo las atrapaba, algo frío y áspero, como manos invisibles que salían del agua. —¡Carmela, no podemos quedarnos aquí! —gritó Lupita, desesperada, pero era demasiado tarde. De pronto, las dos comenzaron a ver imágenes, como recuerdos que no les pertenecían. Hombres, desconocidos, arrastrándolas al río en medio de la noche. Sus gritos ahogados por la corriente. El río, ese río que tanto amaban, las había sido testigo de su horror final. Entonces lo entendieron: ellas mismas eran fantasmas, almas atrapadas en ese lugar. Aquel río no solo guardaba secretos, las guardaba a ellas, víctimas de un ultraje brutal en vida, condenadas a revivir su tragedia una y otra vez. Las comadres que solían lavar la ropa en el río no eran más que sombras del pasado, apareciendo cada tarde para continuar con su labor, esperando quizás que alguien, algún día, las liberara de su tormento. Cuando los del pueblo hablan del río ahora, dicen que, al atardecer, si escuchas con atención, aún se oyen risas mezcladas con susurros de dolor. Y si te acercas demasiado al agua, sentirás un frío que te cala hasta los huesos.https://youtu.be/J5OKK1o4iDcMENU NAVIDEÑO 7
3. El Río de los Nombres
El río Pescados era su lugar favorito. Se sentaban en una roca plana mientras el sol se filtraba entre los jonotes y las caobas. Akin le contaba historias de su aldea en África, de un río al que llamaban "el que nunca duerme". Yatziri, a cambio, le enseñaba los nombres verdaderos de las cosas en náhuatl: atl para el agua, ehecatl para el viento que movía los jobos.
Un día, ella le confesó su miedo al futuro, a no saber qué quería ser. Akin escuchó el murmullo del río por un largo rato y luego dijo: "El agua no tiene prisa por llegar al mar. Solo fluye. Tú eres como este río, Yatziri. Tu camino ya es perfecto." Aquellas palabras, dichas con un acento que mezclaba el español con la música de su tierra natal, se le grabaron en el pecho como una caricia al alma.
NvVo-RdsQUE NO TE AGARREN LAS PRISAS ESTE FIN DE AÑO
2. La Lección del Maíz
La milpa detrás de la casa era el orgullo de la familia. Un día, una plaga amenazó con devorar los brotes tiernos. Akin observó el daño con calma, arrancó una hoja enferma y la examinó al sol. "La naturaleza siempre da la respuesta antes de que llegue el problema", dijo.
En lugar de fumigar, le enseñó a Yatziri a preparar un repelente natural con ajo y chile sembrado por ellos mismos. Mientras mezclaban los ingredientes en una olla de barro, las manos de ella se mancharon con las de él al pasarle la cuchara de palo. Akin no corrigió su técnica; simplemente colocó su mano grande y morena sobre la de ella para guiar el movimiento, con un peso ligero y efímero. Fue un contacto de pura enseñanza, una transmisión de paciencia y respeto por la tierra que a Yatziri le pareció el gesto más amoroso que había recibido jamás.
MARIA MINERVA RAMIREZ GERONIMO
6. El Cuento de la Jabalina
Una noche de tormenta, el viento aullaba entre los árboles y la luz parpadeaba. Para calmar el nerviosismo de Yatziri, Akin se sentó en el piso de la cabaña, cerca de la puerta, y comenzó a contar una historia. No era una fábula con moraleja, sino un relato de su infancia: cómo una vez, siendo apenas un niño, había visto una jabalina y a sus crías cruzando un camino frente a él, y cómo su abuelo le había enseñado a quedarse completamente quieto, a hacerse uno con el viento y los árboles para no ser percibido como una amenaza.
"El respeto", susurró Akin mientras el trueno retumbaba, "es saber que tu presencia puede alterar el mundo de otros. Por eso hay que aprender a ser como el árbol: fuerte, pero silencioso." Yatziri, arropada por la voz grave de su tío y por el rugido de la tormenta afuera, se sintió en el lugar más seguro del mundo.
7. El Último Amanecer
Antes de que Akin tuviera que regresar a la ciudad por unos meses para unos trámites, pidió a Yatziri que lo llevara a su lugar favorito del bosque. Ella lo condujo a un claro donde los primeros rayos del sol golpeaban las bromelias y las hacían brillar como joyas.
Se sentaron en silencio, viendo cómo la luz despertaba el bosque. Él tomó su mano y, con la yema del dedo, dibujó un pequeño círculo en su palma. "Eso es el sol", dijo. "Siempre vuelve. Yo también." No hubo lágrimas, solo la certeza de un cariño limpio, construido de lecciones, silencios compartidos y un profundo respeto mutuo. Al despedirse en el camino de terracería, Akin le dedicó una sonrisa tranquila. Yatziri supo que, aunque él se fuera, el bosque le hablaría siempre con su voz.
MODULO 12 SEMANA 2 ACTIVIDAD INTEGRADORA 4
https://youtu.be/jGOKfV6Z0H0
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https://youtu.be/5GROs_jUhFA 2. La Lección del Maíz La milpa detrás de la casa era el orgullo de la familia. Un día, una plaga amenazó con...
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