Mi abuela siempre me contaba que en los tiempos de antes, las mujeres del pueblo iban al río a lavar la ropa. Eran otros tiempos, y no había máquinas ni lujos como los de ahora. El río era el corazón del pueblo; ahí se compartían historias, se reía y, a veces, se lloraba en silencio.
Una tarde, como cualquier otra, dos comadres, Carmela y Lupita, bajaron al río para hacer su faena diaria. La corriente era suave, y el sol empezaba a esconderse detrás de los cerros, pintando el cielo de un naranja tenue. Ambas mujeres se conocían de toda la vida, y aunque sus risas y charlas llenaban el ambiente, siempre había un dejo de melancolía en sus ojos. Decían que Carmela había perdido a su esposo en circunstancias misteriosas y Lupita, su hijo, en ese mismo río años atrás. Esa tarde, mientras lavaban sus trapos, Carmela rompió el silencio con un susurro: —Lupita, ¿has sentido alguna vez que este río guarda más que agua? Lupita la miró, confundida, pero no respondió. Las dos sabían que el río no solo traía vida, sino también secretos. Y ese era uno que ambas compartían sin decirlo. La charla siguió, pero conforme el sol se iba, la risa se apagaba. El aire se volvió frío, y de repente, el murmullo del río cambió. Ya no parecía solo agua corriendo. Parecía que entre las piedras y la corriente, alguien susurraba. —¿Lo oyes? —preguntó Lupita, con la voz temblorosa. Carmela asintió, nerviosa, pero no dijo nada. Entonces, ambas mujeres vieron algo que las dejó heladas. Un bulto oscuro, que flotaba río abajo, se acercaba lentamente. Parecía una figura humana, moviéndose con la corriente. Al principio pensaron que era un tronco o algún animal muerto. Pero a medida que se acercaba, el horror se apoderó de ellas. Era el cuerpo de una mujer. Los ojos abiertos, fijos en ellas, el cabello enmarañado flotando alrededor de su rostro pálido. Las comadres intentaron alejarse, pero estaban paralizadas. El río parecía haberse vuelto más profundo, como si las llamara, arrastrándolas hacia su oscuro secreto. La corriente comenzó a girar alrededor de sus piernas, y sintieron cómo algo las atrapaba, algo frío y áspero, como manos invisibles que salían del agua. —¡Carmela, no podemos quedarnos aquí! —gritó Lupita, desesperada, pero era demasiado tarde. De pronto, las dos comenzaron a ver imágenes, como recuerdos que no les pertenecían. Hombres, desconocidos, arrastrándolas al río en medio de la noche. Sus gritos ahogados por la corriente. El río, ese río que tanto amaban, las había sido testigo de su horror final. Entonces lo entendieron: ellas mismas eran fantasmas, almas atrapadas en ese lugar. Aquel río no solo guardaba secretos, las guardaba a ellas, víctimas de un ultraje brutal en vida, condenadas a revivir su tragedia una y otra vez. Las comadres que solían lavar la ropa en el río no eran más que sombras del pasado, apareciendo cada tarde para continuar con su labor, esperando quizás que alguien, algún día, las liberara de su tormento. Cuando los del pueblo hablan del río ahora, dicen que, al atardecer, si escuchas con atención, aún se oyen risas mezcladas con susurros de dolor. Y si te acercas demasiado al agua, sentirás un frío que te cala hasta los huesos.https://youtu.be/J5OKK1o4iDcDESCARGAME
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